Ex agente CIA califica de “atrocidades” las violaciones a los DD.HH en Chile

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Jack Devine, quien estuvo en Santiago entre 1971 y 1974, y que llegó a ser Jefe de Operaciones de la principal Agencia de Inteligencia estadounidense, relata que contaban con informantes en diversos grupos de izquierda. Asegura que no existía interéoperacional en Horman y Teruggi  y niega que, como lo dice Manuel Contreras, Michael Townley hubiera sido agente o asesor de la CIA.

Una de las cosas que más intrigó a Jack Devine en 1971, cuando llegó a Santiago como agente de la CIA, fue la gran cantidad de gatos que se encontró en el barrio en que tuvo su primera casa, de la cual solo dice que “estaba cerca de Bernardo O’Higgins” y también, a pocas cuadras de la embajada de la entonces Unión Soviética.

De 31 años por aquel entonces, Devine llevaba poco tiempo en la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos. Una de sus primeras asignaciones fue la Fuerza de Tareas creada al interior de la CIA en septiembre de 1970, dedicada a evitar a toda costa que Salvador Allende asumiera la presidencia, luego de que Richard Nixon estimara que ello era “inaceptable”, tras el periplo de Agustín Edwards por Washington.

Respecto de su paso por dicha unidad, encargada de la implementación de Track I y Track II (la vía pacífica y la vía militar, destinadas a impedir que Allende llegara a La Moneda), Devine cuenta que “fui asignado a la Fuerza de Tareas como oficial de operaciones, y mi trabajo fundamental era leer todo el tráfico que entraba y sintetizarlo para los jefes”.

Al ser consultado sobre el ambiente que se vivía allí se limita a señalar que “fue un tiempo de mucha actividad”, que el trabajo era “de una clasificación muy alta” y que la Fuerza de Tareas no la componían más de 20 personas.

Hace poco publicó en Estados Unidos el libro “Good Hunting”, que cuenta de su vida como agente de la CIA en distintas partes del mundo, y causó no poca polémica en Chile, por sus dichos respecto de que la CIA no había estado directamente implicada en el golpe de 1973, así como por sus declaraciones relativas a los fondos que él mismo entregó a El Mercurio.

Si bien en momentos se explaya sin problemas, hay otros temas o nombres que Devine ni siquiera puede mencionar tras su paso por la CIA, de la cual llegó a ser el jefe de operaciones a nivel mundial.

El jefe de estación

Uno de los nombres que Devine no pronuncia es el de Henry Hecksher, jefe de la estación (oficina) de la CIA en Santiago y de quien sólo se refiere en su libro y en la conversación como “el jefe de la oficina de aquel entonces”. Hecksher es quien advirtió en septiembre y octubre de 1970, en todos los tonos, que la idea de un movimiento en contra de Allende era absurda. Del mismo modo, vaticinó que el plan destinado a secuestrar a René Schneider iba, indefectiblemente, a terminar “en un baño de sangre”. Luego de que Allende se pusiera la banda presidencial, Hecksher fue llamado de regreso a Estados Unidos, defenestrado de su cargo y acusado de ser “socialista”.

Al respecto, Devine, quien en su libro deja entrever que estaba de acuerdo con Heckcher, se limita a señalar que “la oficina en Santiago se oponía a la idea de fomentar un golpe, porque se pensaba que no era factible” y que, una vez asumida la determinación de impedir la presidencia de Allende, la dirección de la agencia envió alguien a Chile, quien le dijo (se entiende que a Hecksher) “mire, si usted no quiere intentar esto, puede irse ahora”, pero “él se quedó y siguió las instrucciones, e hizo lo que pudo”, relata Devine.

Respecto de lo que sucedió finalmente con Hecksher, solo comenta que “cuando alguien lleva las malas noticias, es bien poco popular”. Años después, el famoso agente Ted Shackley, quien asumió en 1972 como Director de la División Hemisferio Occidental de la CIA, recordaría que al llegar a ese cargo le dijeron que “la culpa” de que Allende gobernara Chile era de Hecksher.

Con el mismo cuidado con que habla de Hecksher sin mencionarlo, Devine responde las preguntas acerca del enigmático David Atlee Philips, agente de la CIA que estuvo varios años en Santiago en los años ’50 y que en septiembre de 1970 asumió como jefe de la Fuerza de Tareas. Sin decir su nombre tampoco, señala que “fue un legendario operativo de la CIA” y “un profesional muy conocido de las acciones encubiertas”, pero nada más.

Los gatos chilenos

Luego de dicha experiencia en Washington, bajo el mando de Philips, era casi natural que el primer destino fuera de Estados Unidos para Devine fuera Chile.

Y, como lo cuenta en su libro, acá se encontró con los gatos que rondaban por todos lados en su barrio, hasta que un día comentó a sus colegas de la CIA su extrañeza por la población felina.

Más de alguien se rió. Todos sabían que él vivía cerca de la legación diplomática rusa y le contaron que la sobrepoblación de gatos era una maniobra de hostigamiento creada por ellos, pues un año antes habían publicado un aviso en un diario, que decía que se acogían gatitos en la dirección que correspondía a la embajada soviética. Por supuesto, los rusos, muy malhumorados, no aceptaban los felinos, por lo cual los chilenos optaban por dejarlos abandonados allí mismo.

—Es una historia graciosa, pero no creo que haya sido una buena operación. Las acciones encubiertas deberían ser actuaciones más serias y no deberían consistir en molestar a la gente. No la mencionaría entre las operaciones encubiertas más exitosas de la CIA— rememora Devine desde su oficina de Nueva York, riendo un poco.

Por cierto, tiempo después los soviéticos se dieron cuenta de la añagaza y devolvieron la mano, publicando un aviso similar, solo que con la dirección de la Embajada de Estados Unidos en Santiago.

Rusos y cubanos

Así como en el largo ensayo que escribió en Foreign Policy y en una entrevista que dio a La Tercera Devine asevera que la CIA no participó directamente en el golpe de 1973, también señala que la imagen cinematográfica de la Guerra Fría, de espías de la KGB enfrentándose a los de la CIA poco menos que a tiros, no corresponde a la realidad.

—No puedo encontrar en mi memoria más de una docena de incidentes, en toda mi carrera, donde…— señala, sin terminar la frase, agregando que los hombres de la CIA en Chile no estaban particularmente preocupados de las actividades de la KGB, ni tampoco de los agentes de inteligencia de la Alemania Oriental en Santiago, como el legendario Paul Ruschin, pero sí “estábamos muy familiarizados con los cubanos, ciertamente”, entre ellos Luis Fernández de Oña (esposo de Beatriz Allende y padre de la diputada Maya Fernández).

—Sabíamos (que los cubanos) eran muy activos, que estaban proveyendo entrenamiento y asesoría… pero no gastamos mucha energía en ellos. En realidad, no teníamos una muy buena cobertura de lo que estaban haciendo— puntualiza, precisando que la mención en su libro en orden a que “siguieron” el viaje que Fidel Castro realizó a Chile a fines de 1971 no se refiere a un seguimiento físico, sino por medio de la prensa.

—Habría sido muy riesgoso e insensato ir a ver a Castro besando bebés o dando vueltas por todos lados— señala.

Los informantes

En su libro, Devine cuenta acerca de un “viejo comunista” que se convirtió en su primer informante en Chile. Relata la forma en que lo captó —en una cena con erizos y “apadrinado” por Fred Latrash, el subjefe de la estación de la CIA en Santiago— y hoy admite que manejaba cerca de 10 informantes. En el caso del militante comunista, recuerda que mensualmente se le pagaba un salario de mil dólares.

—Los reportes que se hacían eran buenos porque teníamos buenas fuentes políticas que entendían el ambiente y, francamente, como dije en algún lado, algunos de nuestros mejores reportes venían del Partido Comunista— argumenta respecto de los extensos informes sobre el ambiente político en Chile, hoy desclasificados, de los cuales explica que el “arquitecto intelectual” era  el sucesor de Hecksher en la estación de Santiago, Ray Warren.

—¿Por qué, en esos años un comunista o un socialista podría volverse informante de la CIA? ¿Por dinero u otras razones?

—En la Guerra Fría, muchos comunistas o muchos socialistas que se unieron a la filas de la CIA lo hacían por razones ideológicas, cuando se desilusionaban del partido— recuerda, indicando también que “muchas de estas fuentes llegaban a nosotros casi de forma voluntaria”.

En lo que dice relación con el MIR, puntualiza que también tenían informantes, así como en el GAP, y relata que “recibíamos reportes periódicos de ellos, pero en realidad no eran buenas fuentes”, pues precisa que “no eran de alto nivel”.

Respecto de dicha agrupación, la “bestia negra” de la ultraderecha, señala creer que estaba sobrestimada y que, respecto del gobierno, dicho grupo se vio instalado en “una posición más extrema de la que quizá les habría gustado”.

—Yo diría, sin embargo, que el más grande error que ellos cometieron y que los dañó por siempre fue atacar a las mujeres de la marcha de las cacerolas. Eso les causó tanto daño que fue, probablemente, una de las pocas historias que tuvo cobertura internacional en esa época— opina, refiriéndose a las manifestaciones que, como dice en su mismo libro, ayudó a organizar y financiar.

El contacto Townley

Hasta el día de hoy el ex director de la DINA, Manuel Contreras, dice donde puede que el crimen de Orlando Letelier y otros más fueron cometidos por la CIA, asegurando además que Michael Townley, el norteamericano que trabajaba para él en la fabricación de armas químicas y en la colocación de explosivos (como los que costaron la vida a Letelier y Ronni Moffit, así como los que mataron al matrimonio Prats-Cuthbert) era un doble agente, un infiltrado de la CIA en la DINA.

Por cierto, en medio de la documentación desclasificada por Estados Unidos figuran  varios documentos que muestran cómo Townley, en Estados Unidos, intentó ingresar a ese organismo hacia 1970, pero Devine niega que lo hayan tomado en cuenta.

—Primero que nada, la CIA conoce a un montón de gente en el curso de sus tratos. Hasta donde llegan mis conocimientos, él (Townley) nunca estuvo en la agencia, trabajando para la CIA.

—¿Y no pudo ser una suerte de infiltrado en Patria y Libertad?

—El nunca fue un asesor y no creo que fuese una fuente. Pudo haber sido un contacto, lo que es diferente. Ahora bien, el asesinato de Letelier fue absolutamente indignante. Primero que nada, porque yo no creo en el homicidio y, segundo, porque asesinar a un hombre que yo consideraba un personaje importante es una doble ofensa… y se hizo en Washington, lo que es una triple ofensa.

Horman y Teruggi

Devine dice no saber nada acerca del programa MChaos, un operativo secreto realizado en conjunto entre la CIA y el FBI, a inicios de los años ’70, por medio del cual se buscaba identificar estadounidenses de izquierda radical en diferentes países del mundo, incluyendo Chile. Fue en medio de esos operativos, según se detalla en la causa judicial por la muerte de Charles Horman y Frank Teruggi, que el domicilio de este último, en Las Condes, fue entregado en 1972 en Alemania al FBI.

—Lo que le puedo decir sobre Horman y Teruggi es que la CIA no tuvo nada que ver con ellos y no lo digo emocionalmente, pero no había interés en ellos. Sí estuvimos después interesados en averiguar lo que pasó con ellos, nosotros y nuestro Departamento de Justicia, pero insisto, no había interés operacional de la CIA o nunca se hizo algo por apuntar con el dedo a ellos, al punto que mi memoria me indica que nunca siquiera supimos que existían, hasta que fueron asesinados— señala, recalcando que el militar Ray Davis (fallecido el año pasado, y cuya extradición fue solicitada a EEUU) no pertenecía a la CIA “ni estaba trabajando en alguna otra área de acciones encubiertas”. 

Pinochet

—¿Coincide usted con la famosa frase del ex subdirector de la CIA, Vernon Walters, quien dijo que Pinochet era un hijo de puta, pero era nuestro hijo de puta?

—Lo único que voy a decir sobre la frase de Vernon Walters es que esa es una cita usada con muchos líderes… la CIA y el gobierno de Estados Unidos muchas veces tiene algunos aliados, no necesito describirlos, con los que no está muy contento y con los cuales se queda atascado.

A ese respecto, opina que “cuando Pinochet llegó al poder se vio como algo positivo, quiero decir dentro del ambiente de la guerra fría, pero una vez que comenzaron a salir a la superficie las violaciones a los Derechos Humanos, Pinochet comenzó a ser visto con muchas reservas. Chile es un país importante y Estados Unidos debía ponerse de acuerdo con él, pero nunca fue una relación feliz, una vez que las atrocidades salieron a la superficie” precisa, aludiendo a los casos de tortura, de uno de los cuales fue testigo, pues en su libro cuenta que vio las lesiones dejadas en el cuerpo de un militante socialista, que era informante de la CIA y que fue apremiado por los militares poco después del golpe.

Lee el cable escrito por Jack Devine el 9 de septiembre de 1973, avisando de la inminencia del golpe:

Cable de la CIA avisando del golpe de estado en Chile (Text)