El crimen del periodista Jonathan Moyle

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Uno de los episodios más extraños del inicio de la transición a la democracia en Chile fue la muerte, al interior del entonces Hotel Carrera, del periodista británico Jonathan Moyle, de 28 años, quien llegó en 1990 a Chile en el marco de la FIDAE (Feria Internacional del Aire y del Espacio) y como corresponsal de una revista de helicópteros, Defense Helicopter World. Su cadáver fue encontrado el 31 de marzo de ese año en la pieza 1406 del emblemático hotel, ubicado al frente de La Moneda, por calle Teatinos, y que ahora ocupa la cancillería. 

Luego que se descartaran los primeros peritajes policiales que indicaban que el joven se había suicidado en un juego autoerótico que había fallado (lo que según el New York Times es una versión que fue diseminada por los servicios de inteligencia británicos), la justicia chilena determinó que existían presunciones suficientes como para pensar en la intervención de terceros. Obviando el hecho de que según diversas fuentes Moyle era agente del servicio secreto británico exterior, el MI-6, un documento desclasificado del Departamento de Estado de EEUU, fechado en junio de 1990 en Santiago, se hace eco de diversas versiones de prensa que creían que el crimen tenía alguna conexión con diversos proyectos que estaba emprendiendo en ese momento la empresa de Carlos Cardoen, especialmente la adaptación de un helicóptero Bell 206, que los norteamericanos creían que podía tener algún uso militar.

El documento norteamericano dice que los reporteros chilenos creían que lo anterior era poco probable, pero que muchos creían que efectivamente Cardoen tenía relación “con transferencia de tecnología sensible, posiblemente incluso incluyendo asistencia a Iraq en sus esfuerzos por construir armas nucleares”.

Según la descripción de los diplomáticos de EEUU, “Moyle fue encontrado colgando en el closet de su pieza de hotel, con una funda de almohada sobre su cabeza y su ropa interior enredada en sus tobillos. Había marcas en sus muñecas que sugerían que había sido atado, y manchas de sangre en las sábadas de su cama. Más aún, debido a que la puerta del closet estaba cerrada, el cuerpo no fue hallado hasta después que una empleada aseó la pieza y mandó las sábanas a la lavandería. Se dijo que de los efectos personales de Moyle faltaba un montón de carpetas grises que la empleada reportó haber visto antes en el cuarto, así como un maletín que él tenía”.

Luego de que la autopsia determinara que el cuerpo tenía, además, trazas de un sedante en el cuerpo, el juez a cargo determinó que la investigación la efectuara la unidad antidrogas de Carabineros, el OS-7, agrega el reporte.

Dos años más tarde la causa se caratuló como homicidio y su padre aseguró que había conversado (telefónicamente) con Jonathan hijo 45 minutos antes de la hora supuesta de su muerte, ocasión en la cual este le habría dicho que se había topado con algo vinculado a tráfico de armas a Irak, según recogió también en su momento el NYTimes.

Armas a medio oriente

Por cierto, Cardoen no fue el único chileno que tuvo negocios con regímenes como Irán o Irak. Conocido es el hecho de que el coronel Carlos Carreño (subdirector de FAMAE en 1987) fue secuestrado por el FPMR un día antes de viajar a Teherán, a tratar de desenrollar el problema que literalmente estalló cuando bombas de racimo producidas en Chile destruyeron un avión F-4 de la Fuerza Aérea iraní.

Gerhard Mertins, el ex oficial de las SS que fundó la compañía de Armas Merex (que tenía como representantes, entre otros, a Klaus Barbie y Walther Rauff), y quien fundó el Círculo de Amigos de Colonia Dignidad, era el traficante preferido de Paul Schäfer, y hombre con vínculos privilegiados en los turbulentos valles de la antigua Babilonia. En una de las pocas declaraciones que se conocen de Kurt Schnellenkamp, uno de los hombres fuertes de la ex colonia, este dijo si bien había un contacto directo con Mertins y que incluso él y otro jerarca más habían pasado meses viviendo en la mina de oro que Mertins poseía en México, lo único que le constaba es que hubo un contacto entre él y el traficante “cuando cotizó 10.000 unidades de municiones para morteros FAMAE para enviar a Irak”. Es decir; Schnellenkamp fue a preguntar a FAMAE por el valor de los morteros, con el fin de que Mertins los vendiera a Irak.

Cabe mencionar que posteriormente, Schnellenkamp declaró que en realidad había viajado más veces a México, incluso una vez a instalar una antena a la casa de Mertins, que supuestamente era sólo para comunicarse mejor con sus amigos de la Colonia Dignidad. Años más tarde, Mertins aparecería involucrado en el homicidio de un connotado periodista mexicano, Manuel Buendía, quien denunció sus maniobras.

Crimen en Bruselas

No obstante, el crimen de Moyle –que nunca ha sido resuelto y que, de hecho, ya está sobreseído en Chile- posee varias otras aristas inquietantes. Una de ellas es que ocho días antes de su homicidio desconocidos ingresaron por la fuerza a un departamento de Bruselas, Bélgica, y ejecutaron de cinco tiros en la nuca al ingeniero Gerald Bull, el inventor estrella de Saddam, Hussein, y quien estaba a cargo de la construcción de un “súper cañón”, que el ahora muerto dictador pretendía finiquitar en pocos meses, y que le permitiría lanzar misiles de alcance medio a muy bajo costo (gracias a una lanzadera reutilizable), en un radio que comprendía incluso hasta Egipto.

El episodio lo narraría luego en la novela “El Puño de Dios” el periodista y escritor Frederick Forsyth, sin ni siquiera cambiar el nombre de Bull. Forsyth, un hombre con viejas y fiables conexiones con los servicios secretos británicos, narraría allí también que  un agente del Mossad implicado en los operativos post crimen era un joven chileno, agregando que un diplomático chileno también, de apellido “Moncada”, ayudó a introducir a fuerzas especiales británicas en Irak. ¿Ficción o realidad? Sólo Forsyth lo sabe, pero lo cierto es que él no fue quien vinculó inicialmente el caso de Moyle con el de Bull, sino que sólo se hizo eco de un rumor que rondó en la prensa internacional durante varios años.

La lista negra

En otro documento desclasificado por Estados Unidos, en septiembre de 1991, se señala que un desertor de la inteligencia iraquí radicado en Alemania y sólo conocido como “Ahmed”, aseguraba que Moyle había sido asesinado porque estaba en una “lista negra” confeccionada por Saddam Hussein, “debido a que tenía demasiada información sobre sus planes beligerantes”.

El caso Huber

De acuerdo al cable norteamericano citado al inicio, que a su vez hace referencia a un reportaje del diario británico The Independent, Moyle tenía una libreta en la cual manejaba información detallada acerca de “Helios, un sistema de navegación restringido que Cardoen planea incorporar en helicópteros destinados a Irak”, por lo cual circulaba en Santiago la teoría de que “agentes iraquíes asesinaron a Moyle para evitar que publicara información que podría bloquear la venta”. El cable también citaba la reacción de Raúl Montecinos, ejecutivo de las empresas Cardoen y “quien ha sido etiquetado como el último hombre en ver vivo a Cardoen”, quien negó fervientemente que él o la empresa tuvieran algo que ver en la muerte.

Luego se recordaba que el 24 de mayo Cardoen dio una conferencia de prensa, en la cual “reconoció la estrecha relación de negocios de su compañía con Irak, pero mantuvo que no tiene planes de venderle el Bell 206L-III”.

Como sea, mientras la justicia investigaba el crimen de Moyle, al mismo tiempo hacía lo mismo con otro homicidio enigmático, el del coronel Gerardo Huber, ex funcionario de la DINA y alto directivo de FAMAE, que se encontraba en el ojo del huracán por el escándalo de la venta de armas a Croacia, que estalló en 1991.  Tras ser citado a declarar, fue muerto el 29 de enero de 1992 en el cajón del Maipo, con un disparo percutado a mucha distancia por un tirador escogido, seguramente un comando o alguien con preparación semejante. En el juicio que se siguió en contra de sus responsables, compareció ante el ministro en visita Claudio Pavez un ex funcionario del Ejército que en 1992 se radicó en Arica, tras la muerte del coronel, luego de lo cual decidió autoexiliarse.

Se trataba de Rodrigo Peña González, quien fue entrevistado en noviembre de 2003 en Delfzjil, Holanda, por funcionarios de la PDI, a los cuales dijo que “en el año 1989, el Coronel Huber lo contactó y comenzó a hacerle entrega de diversa información referida al tráfico de armas y drogas, documentos que habrían sido confeccionados por el propio Coronel y transcritos a máquina, solicitándole que en caso que le sucediera algo, los hiciera llegar a la justiciaademás señala que en el año 1990, el señor Huber le comentó que pretendía entregar esta información a un periodista inglés de nombre Jonathan Moyle que investigada el tráfico de armas, pero que no se pudo concretar el encuentro, ya que había sido hallado muerto en el Hotel donde alojaba. Cuando se impuso de la desaparición del Coronel Huber y el posterior hallazgo de su cuerpo, pidió la baja del Ejército, ya que temía por su seguridad, señala que en una oportunidad encontrándose en la ciudad de Arica, fue interceptado por dos individuos, los que lo golpearon y le decían que era un traicionero, decidiendo en mayo del año 2001 viajar hasta Holanda, lugar en el cual mantiene familiares. Por último dice que destruyó todos los documentos que le había entregado el Coronel Huber, ya que, temía por su vida”.

Para conocer más de este caso, recomendamos el libro del periodista Carlos Saldivia, “el misterioso asesinato de Jonathan Moyle”.

Acá, el primer documento desclasificado sobre los hechos: